El Agricultor Mexicano

 

Hermanos Escobar, una breve semblanza desde "Proteo"

   "Los Hermanos Escobar" no es un seudónimo; tampoco es una calle que atraviesa Ciudad Juárez de oriente a poniente, en medio de lo que por mucho tiempo fueron los terrenos de la familia. Hablar de Rómulo y Numa Pompilio Escobar, los hermanos Escobar, es recordar a dos distinguidos juarenses que pusieron sus respectivos granos de arena para el crecimiento de Ciudad Juárez.

    Rómulo Escobar Zerman nació en Ciudad Juárez en 1872 y murió en Magdalena, Sonora en 1946. Realizó sus estudios de ingeniero agrónomo en la Escuela Nacional de Agricultura. Fue director de la Escuela Nacional de San Jacinto (hoy la Universidad Autónoma de Chapingo), en el Distrito Federal. En 1906 fundó la Escuela Particular de Agricultura en su población natal, misma que estuvo en actividad hasta 1993. En algunas ocasiones se hizo acreedor de importantes nombramientos y puestos de elección popular. Dentro de su paso por la vida pública está su función como subsecretario de Agricultura y Fomento en el gobierno de Victoriano Huerta; posteriormente, en 1920, fue electo senador suplente, así como gobernador interino del estado de Chihuahua por un mes en 1930.

 

Entre sus publicaciones encontramos las siguientes:

 ü      Rómulo Escobar, Apuntes de geología para una escuela de agricultura, Ciudad Juárez, Ed. El Agricultor Mexicano, 1900.

ü      Rómulo Escobar, Enciclopedia agrícola y de conocimientos afines, Ciudad Juárez, México, Escuela Particular de Agricultura, 19--.

ü      El problema agrario por el ingeniero agrónomo Rómulo Escobar, M. S. A., El Paso, Texas: Impresora Juárez de M. Ayala e hijos, propietarios, 1915.

ü      Tratado elemental de agricultura

ü      El régimen de nuestras lluvias

ü      La producción agrícola de México

ü      Árboles propios para la región árida del país

 

    Numa Pompilio Escobar Zerman nació (1874) y murió (1949) en Ciudad Juárez. Realizó también sus estudios de ingeniero agrónomo en la Escuela Nacional de Agricultura y participó junto con su hermano Rómulo en la fundación de la Escuela Particular de Agricultura y, entre ambos, fueron los pilares sobre los cuales se construyó el prestigio de esta institución de educación superior.

    La fundación de la EPA se llevó a cabo el 22 de febrero de 1906, en terrenos que poseía la familia en la zona conocida como La Playa, en las afueras de la ciudad. Fue una fundación largamente anunciada a través de una empresa editorial que había mantenido por casi una década este destacado par de hijos del matrimonio formado por don Jesús Escobar y Armendáriz y doña Adelina Zerman: El Agricultor Mexicano, revista mensual que vio la luz primera en septiembre de 1896 y se mantuvo hasta alrededor de 1945, cuando ya se había fusionado con otro proyecto de difusión en forma de revista mensual denominado El Hogar.

    El Agricultor Mexicano contaba con diversas secciones fijas y series de artículos que incluían desde los consejos prácticos relacionados con las actividades agrícolas y de la vida cotidiana dentro del hogar, hasta opiniones políticas y síntesis de las últimas noticias más importantes y de trascendencia para la vida de México. Esta revista alcanzó todos los rincones del país, y hasta en unidades productivas del sur de los Estados Unidos y Centroamérica, llegaban los números mensuales por medio de un efectivo sistema de suscripciones.

    Dentro de El Agricultor Mexicano hubo una sección muy singular, escrita por el ingeniero Rómulo Escobar Zerman. Al iniciar la serie de artículos en 1896, éstos aparecieron firmados bajo el seudónimo de ‘Proteo’. A partir de enero de 1898, la sección se empezó a llamar "Lo pequeño por Proteo", siempre bajo la misma tónica en cuanto al tratamiento de temas de interés general para cualquier miembro de la familia, y dirigidos hacia cualquier sector de la sociedad. Pero en realidad, como mejor fue identificada la columna mensual era con el título de "Eslabonazos", eso sí, siempre firmados por 'Proteo' y donde el ingeniero Escobar nunca dejó de dar su particular punto de vista sobre los acontecimientos de la época que afectaban a toda la sociedad de la frontera, del país o del mundo; insistiendo mucho en las anécdotas particulares siempre con una moraleja implícita. Para darle mayor realce a este tipo de sabiduría local a la que los lectores de El Agricultor Mexicano fueron muy afectos, la misma imprenta familiar recopiló la mayor parte de estos interesantes trabajos breves en dos volúmenes, que aparecieron en Ciudad Juárez en 1936 bajo el título Eslabonazos por Proteo.

    Don Rómulo Escobar Z., dando vida a Proteo, incursionó en todos los temas habidos y por haber de esa época. No faltan sus furibundas defensas de lo mexicano ante la invasión de la cultura norteamericana, expresadas en un continuo ataque a la pésima influencia del cine. O la siempre viva esperanza en una mejor condición para el avance de la sociedad mexicana a partir de cada nuevo gobierno o la insistencia de que molestásemos a Dios solamente para cosas importantes ("para encontrar la yegua, hay que buscarla"), que para eso nos dio brazos, piernas y una cabeza con cerebro, para idear las mejores soluciones a los problemas cotidianos. Así mismo, Proteo se dedicó a escribir, ¡ya desde 1905! sobre el grave problema que era el centralismo para las localidades alejadas de la ciudad de México, donde se tomaban decisiones desde un escritorio, sin conocer la realidad de la llamada provincia como una forma de devaluar a los no capitalinos.

    A continuación, un par de pequeños ejemplos de Proteo en su columna Eslabonazos:

    A mí me encantan los americanos cuando se ocupan de discutir ciertas cuestiones, que, a primera vista, son dignas de chiquillos y no de hombres tan grandes como ellos. Tienen sociedades formadas por millares de individuo que no se ocupan más que de hacerle la guerra al pobrecito tabaco. Tienen periódicos destinados única y exclusivamente a probar que el hombre no debe comer carne y que debe sustituirla en su alimentación por nueces y cebollas. Otras sociedades hay, cuyos miembros han podido formar parte de ellas, solamente después de haber jurado que no probarán el whisky mientras vivan, ¡Lástima que nosotros los mexicanos no seamos hombres de empresa, que si contrario fuera, propondría yo la formación de una sociedad monstruo que no tuviera más objeto que hacer la propaganda del atole.

    De cualquier modo que sea, cuando venga un primo a fundar esa sociedad no se dirá que nos falta iniciativa, porque la primera idea fue mía y hubiera yo escrito este artículo con tres colores si hubiera encontrado tinta verde, blanca y colorada (El Agricultor Mexicano, febrero de 1922).  

    “Lo que me deben las ciencias y las artes.

    Es cierto que no puedo vanagloriarme de haber hecho algún descubrimiento que me diera el derecho de acreedor en este caso. Es cierto que ningún aparato o procedimiento lleva mi nombre y de una vez sacaré de la duda a los lectores de EI Agricultor Mexicano: la ‘proteína’ no se llama así porque yo la descubriera. Es más vieja que la sarna.

    Pero, no obstante, me deben las ciencias y las artes todo aquello que yo les haya dado en mi vida a sus representantes, que es bien poco, como verán ustedes.

    Medicina.- Ciencia o arte se moriría de flaca si todos los hombres o mujeres le hubieran dado tanto como yo. Una vez se me atoró algo, como me dijo un amigo, y tuve que ocurrir a los médicos, los cuales me cortaron más que lo que me cobraron. Fue un ‘hermoso caso’, como el de aquel médico que llamaba así a un enfermo que presentaba toditos los síntomas horripilantes de una enfermedad espantosa sin que faltara uno solo, lo que quiere decir que el sujeto estaba al borde de la tumba.

Pocos meses después de que sané mi médico me mandó pedir mis radiografías para dar a conocer ‘el caso’ en una convención de doctores. Resulta, según parece que algo aprendieron conmigo así es que declaro saldada la cuenta.

[…] “Manufacturas.- Yo creo que esta palabra viene de 'mano’ y si es cierto que siempre he usado vestidos, sombrero y zapatos, también lo es que mis manos no se han mantenido desocupadas. Lo que he hecho con mis manos compensa sobradamente lo que he usado echo por otras manos así es que quedamos a mano.

La Minería.- ¿Qué? ¿Mi reloj y la cadena? Fueron obsequio. ¿Mis botones? Son de fierro y de concha y entran en manufacturas. ¿La moneda? He dado exactamente la que he recibido. Ni centavo más ni centavo menos. Luego me debe cero la Minería.

    Agricultura.- Aquí sí se complica el asunto. ¡Alimentos! ¡Algodón y lana! ¡Cueros! ¡Canastos! ¡Y esto desde que mi mamá me quitó el pecho! ¡Y lo mismo tratándose de todos mis lectores desde que dejaron de mamar hasta el desayuno de esta mañana! La Agricultura no nos debe nada, ni a ustedes ni a mí, pero en cambio a ella le debemos todo. Esta es la verdad. Y si algunos de Uds. son pintores o músicos pueden estar seguros de que las Bellas Artes les deben menos que el valor del perejil que se han comido. Con el puro perejil queda saldada cualquier cuenta y siempre será acreedora Nuestra Señora la Agricultura (El Agricultor Mexicano, febrero de 1931).

 

Rebeca Alejandrina Gudiño Quiroz  
Coordinación de Investigación y Posgrado, ICSA  
Programa de Investigación en Historia

 

 

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